En un nuevo aniversario de su trágica desaparición en un accidente de aviación en Medellín, unas reflexiones sobre el Gardel mítico; el que sigue vivo y venció a la muerte.

Por Sebastián Linardi
Imagen: Marino Santamaría

Se cumplen 80 años de la muerte del artista que llegó a ser el primer gran ídolo popular de la Argentina. Cuántas generaciones entran en ese tiempo. Las suficientes como para decir que aquel mundo, su mundo, hoy está casi separado de este. La gran mayoría de los contemporáneos que hoy sobreviven, no eran más que niños al momento de su muerte. Sin embargo su presencia, de una forma o de otra, persiste. Terca. Por eso, Gardel es un mito.

Un mito que remite a Buenos Aires y al tango; vaya pequeñas referencias que logra unir, como las dos caras de una misma moneda, siendo la moneda entera, Gardel mismo.

Por eso, cuando se centra la atención en una de sus caras, se corre el riesgo de perder de vista al gran mito Gardeliano, que no deja nada tal como un primer vistazo aparentaría percibir.

Entonces, enfrascados, vemos al tango envuelto en una inútil discusión sobre su literalidad y una supuesta melancolía, en formato de queja o llanto, de lamento (de cornudo o enamorado, depende quien lo vea), incorregiblemente nostálgico por la vieja, la infancia, el barrio o la ciudad entera. Y la consiguiente lucha que, desde la creación, se hace por cambiar de alguna manera esos significados y volver al tango, también desde su literalidad, alegre, despojado ya de ataduras, guerrero y agresivo, en un loable intento vital por salvarlo de una muerte que lo viene amenazando casi desde sus comienzos. Pero que nunca se produce.

Por quedar encerrados en la pequeña cara de la moneda, muchas veces perdemos de perspectiva a Gardel, enorme. Aquel que desde el avión calcinado, en un salto mortal ya había logrado pasar hacia los filetes de los carros, las piezas de pensión y las paredes de los peores bares, de los peores barrios. Pero también hacia algunas casas de la incipiente clase media. Siempre anidando en corazones.
Ese Gardel, el de la sonrisa eterna. Porteño (su verdadero lugar de nacimiento para la potencia del mito, carece completamente de sentido) y claro, ganador ¿Cómo no va a ser ganador aquel que venció definitivamente a la muerte para irse a habitar en el habla popular y, desde ese día, “ser Gardel”?
Carlitos, el pícaro, que se hizo de abajo y que con su voz, pero no solo, gambeteó a un casi seguro destino de laburante (o hasta de mal arreado; era una de las posibilidades) por el de lograr encarnar una figura idealizada, un verdadero modelo a seguir para tantas personas que tuvieron o tienen conexión con lo que llegó a representar.

Gardel, el cantor de tangos. En realidad, creador de tangos, por llegar esas canciones a la categoría de tango solo después de haber pasado por su voz, tal era su potencia. Cualquier ritmo interpretado por Gardel, automáticamente podría ser identificado como un tango. Aunque sea un Fox Trot. Por eso Gardel terminó siendo el tango. Y eso agrandó el mito. Porque ese Gardel idolatrado, ante quien el mundo caía rendido a sus pies, interpretaba tangos de letras tristes, ancladas en dolores insuperables, ahogados en botellas y rencores. Jugando siempre al límite de la dualidad. Fue en esa dualidad entre el brillo gardeliano y la oscuridad tanguera, que el tango terminó de encontrar su marca de origen. Por más que su origen temporal objetivo sea anterior: así funciona el mito. Refunda. Resignifica. En su terreno, el mito manda.

Como para no olvidar que, aunque objetivamente triste en su literalidad, el tango tuvo otras vivencias. Otra vida. En realidad, tuvo una vida. Es ingenuo creer que el tango alguna vez fue triste. Nunca fue triste. Porque esas letras siempre acompañaron a la reunión, la fiesta o al encuentro con amigos. Pensar que quien consumía tangos quedaba enredado en esas letras es pensar que el público era psicótico y no distinguía ficción de realidad. Y para recordarnos eso, está Gardel.

Gardel, el campeón, el que siempre caía parado y se iba con todas las mujeres del mundo. El que se abrazaba con caballeros y rufianes por igual. El del oro y el barro. El impune a quien se le perdonaba todo, porque estaba más allá del bien y del mal. O lo estuvo, a partir del instante inmediatamente posterior al accidente de Medellín.

Por estos días, en que se cumplen 80 años de su desaparición física, en algún homenaje a su figura se mencionó que el último tango que interpretó sobre el escenario, antes de tomar el fatídico vuelo, fue “Tomo y obligo”. Objetivamente, un tango triste. En la voz de Gardel, un tango que se vuelve más triste aún ya que su don inigualable fue y es meter al público en las letras que le tocaba interpretar.
Pero existe el mito. Gardel, aquel que llegó al corazón del pueblo con la sonrisa eterna, detrás del tango más desarrapado y desahuciado, siempre tenía un guiño. Ahí estaba su poder invencible. Y si en su último tango, con la boca dijo “Tomo y obligo, mándese un trago que necesito el recuerdo matar…”, el Gardel mítico, el verdadero, como guiño final, levantando la copa en realidad dice “¡Salute!”. Ahí se termina de cerrar el círculo Gardeliano. Es en esa dualidad donde la actitud vital, con un gesto de picardía, termina venciendo al dolor y donde termina de nacer el tango.

Por eso el tango, no es triste. Desde Gardel que su gesto final y rotundo es una sonrisa vencedora. Que nadie lo olvide.

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80 años sin Gardel por Sebastián Linardi se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://www.tintaroja-tango.com.ar/2015/06/80-anos-sin-gardel/.

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