“Escenas de la nada mirar”, primer disco solista de Noelia Sinkunas

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Por Celeste Viedma

Estas palabras fueron escritas desde la extranjería de quien no conoce de música más que los conceptos elementales del aficionado, con la imprudencia de quien coquetea con un territorio que no habita. Por eso, no se encontrarán aquí más que vagas alusiones a las reglas del campo e interrogantes que emergen de una curiosidad muy distinta a la de sus nativos. Enhorabuena, tal vez, porque “Escenas de la nada mirar” no parece ser una obra que acepte dócilmente disecciones. No escribo, entonces, con intención de sedimentar o estabilizar sus sentidos, sino de soltar al aire una multiplicidad inquieta de hilos para que otros puedan tirar de ellos y enriquecer así sus experiencias.

El disco resiste la inscripción en un género musical no sólo por el carácter de su investigación compositiva –que resulta en una variedad de caminos rítmico-melódicos–, sino también por el arte de su presentación, en el que los colores se difuminan y los contornos se desdibujan. ¿Cómo trazar las fronteras entre un género y otro sin desconocer la heterogeneidad que habita sus unidades? Desde su interior nos mira la foto de una zapatilla plateada: desafío estético y bandera de la juventud de su compositora. La misma trayectoria de Sinkunas forma un entretejido que conecta mundos tan aparentemente disímiles como los nuevos sonidos del tango porteño y los espacios de cumbia con epicentro en la ciudad de La Plata.

A pesar de tratarse de un disco instrumental –o quizás precisamente debido a ello- el nombre elegido para cada momento pareciera flotar por sobre la escucha atenta del oyente, como reverberación permanente que augura sus aprendizajes. Es que las palabras se repiten al igual que lo hacen los elementos compositivos –una y otra vez desglosados hasta su mínima célula– y remiten todas ellas a la intimidad de una búsqueda por la propia voz. Miradas, espejos, escenas. Lo errático, la nada. Uno y los otros. Pocas pero precisas palabras que marcan un rastro sobre los lugares internos hacia los que la música nos acompaña. Nos transita o, mejor dicho, nos vuelve mansos para dejarnos transitar por ella.

Escena de contemplación y a la vez de introspección. La nada, lo que no es. ¿Qué es lo uno, qué es lo otro? Recorrer el trabajo de Sinkunas se vuelve una experiencia ontológica que asume por momentos un lenguaje cinematográfico. Hay una pregunta por la identidad que resuena como fantasma, vigilando persistentemente tras bambalinas y que se asoma con mayor fortaleza en los momentos más oscuros. Tal es el caso de la segunda parte de “Escenas de la nada mirar”, tema que inaugura y da su nombre al disco. ¿Cómo continuar si no es con ese cambio rítmico que representa “A don Paez”, desborde y desglose del tango contra sí mismo? En este punto, el camino que inicia la joven pianista es sin duda decantación de un recorrido familiar que se evidencia en el prodigio de su ejecución, pero cuyas exploraciones son expresión de una búsqueda distintiva de profundidad.

Como en toda indagación de estas características, la senda no está exenta de entuertos que parecen dejar huella en las elipsis de “El Errante”. ¿No arrastra toda crisis un carácter errático, un histérico trajín de adolescencia, en la puja por desafiliarse de los sentidos con que el mundo nos da la bienvenida? Los espejos, la identificación con un otro, condición de posibilidad de nuestra existencia misma. “El espejo y yo”, la mirada que es reflejo, el otro ofreciéndose como superficie de inscripción necesaria. ¿Cómo tensar esa identificación? Y los tonos menores siempre allí, como ecos o recuerdos vivos del dolor, precio que pagamos por la osadía de la subversión. “Mirar” alude en sus pausas a la sensación que queda luego de atravesar, como Alicia, un espejo: la pieza termina sin resolver y nos dice, sin palabras, que el horizonte queda siempre un paso más allá.

El andar indeciso vuelve en “Milonguea”, reminiscencias tangueras en permanente metamorfosis que remiten una vez más a una marcha espiralada, con los pasos vacilantes de quien se transita a sí mismo, con pasajes de oscuridad, con aceleraciones repentinas. Idas y vueltas, una y otra vez, cada una con desplazamientos como emergencia de su innovación: “La nueva vuelta”. Todo concluye con el paisaje más onírico de la obra: “De la nada”. Nuevamente, lo que no es en oposición a lo que es. Identidad. Ontología. ¿Cómo no parafrasear en este punto al texto que acompaña al disco? Un recorrido por los derroteros del mundo interno que siempre devuelve la mirada y las palabras ajenas, pero que en su reinvención permanente permite el devenir de, al menos, alguna singularidad. “Sos vos”: afirmación que, en forma paradójica, pone punto final a la metonimia de las etiquetas cuando nos dice tautológicamente que se es lo que es, no importa cómo se lo nombre ni dónde se lo inscriba. Ese es el camino de todo artista con la mirada puesta en descubrirse y es, también, el de Noelia Sinkunas.

En suma, “Escenas de la nada mirar” es la obra de una joven compositora que tuvo la audacia de trazar pinceladas allí donde las fronteras parecían volverse más estancas. Resulta un trabajo que destaca por su potencial para inspirar cualquier exploración que procure la libertad, sea individual o colectiva. Pero la libertad entendida como reconocimiento y asunción del propio deseo, como búsqueda de la siempre inalcanzable autenticidad. Se trata de una apuesta valiosa, también, por haber sido puesta en circulación precisamente en estos tiempos en que todo se detiene. Despierta interés no sólo por lo que pueda provocar su escucha, por la reflexión que es capaz de habilitar acerca de lo que significa crear, sino también por las posibilidades que abriría su reinterpretación. A fin de cuentas, cualquier obra estética reviste inmortalidad no porque pretenda ser recuerdo, sino porque en su repetición se producen los deslices que la transforman.

 

Escuchar “Escenas de la nada mirar”:

 

 

Celeste Viedma
Licenciada en Sociología y Maestranda en Investigación en Ciencias Sociales (FSOC-UBA). Es becaria doctoral CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones “Gino Germani” e integra el Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”.

 

 

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