Por Juan Seren

 

He notado un día, que ante tanta gente que por estas palabras han pasado, algunos, bajo un halo de sombras, esperan un misterioso pálpito, un guiño o al menos un brillo en los ojos mordidos del tiempo; hombres del arte, esclavos de las musas que inundaron esta geografía de piedras y espinas, mártires del aplausómetro. No por mucho menos, e intrigados por ver la misma luz, otros fueron los que ocuparon sus futuros y lejanos féretros. Cambiaron la cerradura y en los papeles sus historias ya no son moneda corriente. Pasó la carretera, Soldán y los pibes que escuchaban a Di Sarli ahora se quedaron sordos.

Por eso he decidido ser la pluma de estos hechos que me acontecen. Hechos que mis ojos han visto de lejos, que en ciertos casos otros han vivido o que yo mismo he investigado penetrando mi lupa y mis años en las profundas fauces del cotorrerío nocturno dentro de los mil y un boliches porteños.

Aquello que es verídico no tiene dirección. Pero sí sucursal: Tucumán 1343, 2do piso CABA. Allí vive la historia viva de quien escribe los textos que hoy presentamos y que de a poco iremos librando al azar a través de estas notas: Serafino Pastrena, historiador de tango, escritor, productor discográfico de cantores que nadie ha llegado a oír, violinista aficionado e integrante de las más terribles orquestas, hijo de un amor prohibido entre dos grandes artistas del género que, por órdenes expresas del autor de nuestro sin fin de relatos, no develaremos en este prólogo.

Gracias a su manto de sabiduría y a su presente de gran musiquero, tintosifonero y filántropo hemos logrado llegar al corazón mismo del tango actual, música del Río de la Plata, samba triste, candombe lento, o pop de pocos… como le resulte a usted más cómodo y agradable en su lectura.

Su andar cansino entre infinitos pasillos de bibliotecas amuradas a paredes plagadas de humedad, nos enseña que los libros son su joya más preciada, su sostén de vida. Su viejo departamento se vendría abajo sin la existencia de los mismos. Y valga la aclaración, esto no es chiste.

Entre sus escritos, nos encontramos con las hazañas de un joven pianista sureño, con las preocupantes logias de importantes artistas unidos por la misma extraña calvicie, por los tristes y desmemoriados comienzos de un renombrado bandoneonista que ha pasado de la indigencia a las luces del trocen o por las conversaciones amenazantes de un dúo de guitarreros ligados a la cossa nostra.

Todo es posible en el mundo Pastrena. Y lo posible por más increíble, fantástico y lejano que parezca también suele ser verídico.

Por eso, me atrevo a remarcar estos párrafos sin darle lugar a los desconfiados de turno y esperando a que aquel que se sienta susceptible ante los hechos, pueda comprender que es importante extender esta parte de nuestra historia bajo la pluma y sobre estas páginas llenas de color por más que nadie así lo exigiese. Ante esta nueva época dorada del tango, Pastrena suelta lo que conoce como nadie; lo disfruta en cada una de nuestras conversaciones o leyendo viejos manuscritos que ha guardado bajo llaves y candados durante un largo período. Por esa simple razón me siento orgulloso de ser quien pueda difundir su obra, su gran colección de documentos, fotografías o simplemente chimentos que se esparcen por las esquinas más sinuosas de esta ciudad de Buenos Aires, pero que tal vez sin este sólido trabajo de archivo de Pastrena jamás descrubriríamos. Estemos seguros que en cien años no se olvidará nadie que en algún momento existió otro tango. Yo tampoco me olvidaré de los momentos compartidos con Serafino. Por él que sea, entonces, y por esa música y esos artistas que no se manchan. ¡Chapó!

Juan Seren

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