Por Matías Mauricio
Fotografía: Javier Pacheco

La producción en tango de la última década y media ha dado y sigue dando grandes creadores. Frank Schmitt (letrista) es parte de la troupe, es decir, de los que andan en el misterio, llamado a ser una de las insoslayables voces poéticas del género ciudadano.

Segundos afuera

“A mi juego me llamaron” dije al recibir un mensaje de Tinta Roja con la propuesta de abordar la letrística contemporánea. Seguido a esto vino una antigua deuda: entrevistar a Frank Schmitt.
Me veo en Lanús, caminando con Javier Arias (Misteriosa Buenos Aires) rumbeando hacia la calle Udaondo en busca de la casa alquilada de los hermanos Tripa y Emiliano Bonfligio. Me veo también, nadando en un mar de asado y vino tinto y como telón sonoro la pre mezcla de “Muchacha en Guerra”; y fue ahí, –en los espasmos de la escucha– que se me dio eso que algunos llaman “lo nuevo”.
Pasados dos años, estando en la Milonga Orsai le pregunté a Fulvio Giraudo por el paradero de Frank Schmitt, y me largué a la cacería.
A partir de ahora, el asombro, la admiración…

1° Round

Lo llamo el martes, quedamos para vernos al día siguiente, lugar: bar “La Giralda”. Llega, cruzamos un abrazo, se pide un Oporto, no puedo empardarlo, tres días antes me mordió un perro y ando con la antirrábica al hombro.

El convite gira en reflexiones sobre la escena del tango actual, las búsquedas personales, los poetas y músicos admirados, alguna visitación de Alemania, su país natal. Pero me hechiza cuando habla de la vida itinerante que llevaba cuando niño junto a sus viejos, y entre otras cartas limpias baraja la idea de encarar la “entrevista” de forma escrita: –asegurándome de poder darte la densidad que anhelo «me dice». Te lo pido además porque el castellano no es mi lengua madre y fuera o no fuera espontáneo me gusta pensar las cosas tres veces antes de abrir la boca.
Abandonamos el bar. Le propongo ir hasta casa y buscar una Tinta Roja.

2° Round

Ni bien dejamos “La Giralda”, Frank dice: –Se lo llevaron… En su mirada entiendo que donde antes estaba su auto, ahora hay un papel anunciando “Pellegrini y Sarmiento”, el aguantadero de los autos levantados en las calles porteñas. Con la bronca astillando entre los dientes se paga la multa y nos vamos para casa. Los discos de Chacho Muller, Jacha Marka, Luna-Tobaldi y las lecturas de Bustriazo Ortiz y Francisco Madariaga revierten el panorama.
Entrada la madrugada, el abrazo de la despedida y la promesa de volver a encontrarnos, de enviarle las preguntas…

3° Round

Quisiera empezar preguntándote por tu ciudad natal, algún recuerdo significativo, los itinerarios de viaje con tus viejos, las recaladas en Buenos Aires.

Tuve la infancia más feliz del mundo. Crecí en la última casa de un pueblito de 6000 habitantes, llamado Ottersweier, rodeado de campos y bosques, situado sobre las primeras lomas con viñedos que surgen del valle del Rin y que después terminan en la Selva Negra. Eran años salvajes. Robábamos cerezas, ciruelas y duraznos en primavera; choclos, manzanas y peras en verano, papas y uvas en otoño y tantas otras frutas silvestres que no sé cómo se dicen en español. Tengo mil recuerdos. Uno: correr de noche por los campos porque escuchaba a lo lejos a mi mamá llamándome a cenar. Cómo que la noche me daba poderes, magia…

Mi papá tuvo alma de gitano, había viajado a Grecia, a Turquía, al Líbano, a Siria, a Israel. Después a Kenia y Tanzania. África fue su gran fascinación. Mi mamá igual, de adolescente mendigaba por las calles de posguerra de Karlsruhe, vestida de gitana, con enormes ganas de irse a cualquier lado. Juntos estuvimos en la Argentina del ‘74 al ‘80. Del día del golpe recuerdo a mi viejo descolgando el retrato del Che de la pared de la habitación que daba a la calle. En vacaciones nos íbamos mínimo 2 meses de viaje. Siempre en los paraderos más recónditos e inhóspitos, durmiendo en el auto, acampando, en pensiones familiares a lo sumo. Mis viejos siempre llevaban en el baúl algo para hacer un trueque: un pantalón viejo, una lata de atún, pan. Apenas veían a alguien por esas rutas acantiladas de Bolivia o Perú (a veces una sola persona en todo el día) paraban. El canje consistía en poder filmar a ésa persona Si tocaba algún instrumento o quería cantar, mejor. Mi papá lo filmaba en super 8, mi mamá grababa sonido con una vieja Uher, de cinta. Son caras, paisajes y músicas inolvidables para mí. Por algo me hice camarógrafo. Por algo la mujer con la que estoy hoy es boliviana.

La primera pregunta tuvo intención directa, de alguna manera siento que el tipo que escribió “Muchacha en Guerra” se maneja con un lenguaje de despojo, como rearmando y rompiendo las frases, como si estuvieras acá y no estuvieras. Con esto quiero decir, ¿creés que tu lenguaje en la canción tiene que ver con sentir que uno pertenece a dos lugares, a dos lenguas?

Creo que uno habita el lenguaje que habla. El idioma en sí es un país. En mi caso, leer, hablar y escribir fue un ejercicio para mantener viva mi nueva identidad adquirida, la adoptiva, argentina o si se quiere la sudamericana. Cantar, tocar la guitarra y hacer letras seguramente eran la parte más agradable de construirme y reformularme. Sobre todo al volver a Alemania a los trece años. Necesitaba una identidad superadora. Rechacé todo lo que encontré en mi país natal. No quería formar parte. La música popular alemana fue y sigue siendo francamente estúpida. El fascismo rompió casi todo. La posguerra le dio el resto. Ningún Atahualpa Yupanqui hubiera podido ser un fenómeno popular (se hubiera tenido que exiliar, sin gloria alguna, sin dejar huella). Apenas existía un Franz Joseph Degenhardt, un Wolf Biermann. Los que tenían algo para decir que me enriquecía o reconfortaba, eran comunistas. La ideología es otro país y otro idioma perfectamente habitables, suelen dar cobijo o por lo menos amparo.

Por tu pregunta de estar o no estar: Creo que el punto de vista del letrista no importa, ni la edad, ni la profesión, ni de dónde viene ni adónde va, ni que idioma habla, ni quién mierda es. Hay cierto protagonismo del “yo” en las letras del tango que tienden a “venderme” una experiencia de primerísima mano que me produce rechazo. Guapo era mi viejo, y con eso me alcanza. En ése sentido el tango “Sur” es un enorme referente. El ego, el yo del autor únicamente aparece indirectamente en la frase del estribillo “ya nunca me verás”, (apenas aparece y ya vuelve a desaparecer). Pero vos, en el minuto y medio previo, ya viste todo el barrio, el terraplén, el almacén, oliste la alfalfa, los yuyos, toda la historia de la novia y de él… ni noción.

Es mucho más creíble. No hubo ni un solo “yo” que interfiera en tu vista. Me gusta el letrista como parte del paisaje, sin intervención. El ojo del letrista tiene que ser una lente sin filtro, filmar, describir, ser enumerativo, documentalista. Las cosas importantes que observa lo atraviesan porque son parte del colectivo. Por eso las deja asentadas. Una letra que no dispara imágenes colectivas no sirve. Una letra que se enfoca en un solo referente es chata.

No te voy a pedir que me expliques qué quisiste decir en “Muchacha en Guerra” porque se sabe que el autor debe callar cuando la obra sale al ruedo, pero sí te pido, si tenés ganas, que me cuentes cómo fue gestada ¿partiste de alguna vivencia concreta o es una invención literaria?

No llegaré a inventar nunca nada. La “Muchacha en Guerra” estuvo casi todas las noches, durante el año 1997 parada en la Av. Alvear de Ciudadela en medio de un paisaje de galpones industriales venidos abajo por el remate nefasto del país que recién se revirtió con el kirchnerismo. Nunca sabré si era mujer o travesti. Siempre entre Fuerte Apache y la Villa Carlos Gardel. Trayecto que recorría trabajando de remisero, volviendo de madrugada a la casa que alquilaban mis suegros tucumanos, en total 10 personas compartiendo un tres ambientes, a la hora que la madre de mis mellizos prematuros ya arrancaba a trabajar en la fábrica de medias del filósofo neoliberal Abraham.

La “Muchacha en Guerra” desafía, gatilla con la risa, la carcajada, obviamente aludiendo al gatillo fácil. Pero no es ella la violenta. Es más bien la contracara de la exclusión y de la furia. Alardea, primorea. Es un producto, una maraña confusa, un choque de civilizaciones e historias, una voluntad de sobrevivir como fuere, ni ella tiene gran idea de quién es. Tiene necesidades, tiene mitos y pretensiones tan viejos como la humanidad. Es digna de ser adorada. Ella se compadece todos los días con los hombres solitarios (quizás también con las mujeres), los camioneros del Mercado Central de Ciudadela, los jornaleros que tratan de arrancar bien el día o que tratan de terminar satisfechos su noche. Ella es el cordero que aúna los pecados. Ella es el sacrificio de una pascua un tanto roñosa (¿quién se animaría a tirar la primera piedra?) que se celebra todos los días. Onírica o no, ¿qué más queda que lavarle los pies? “Muchacha en Guerra” sin lugar a dudas es una milonga religiosa. Si la muchacha no se llama María, seguro, mínimamente debería llamarse María Magdalena.

La melodía con la que Fulvio la acompaña es monótona, un yeite de milonga incompleto en el bajo, repitiéndose, una meditación inconclusa y a la vez envolvente…

¿Cómo fue el laburo con Fulvio Giraudo y qué impresión te queda o te quedó al ver la “bestia consumada” en el disco de Rascasuelos?

Fulvio es una bestia. Lo conocí, Marta del Pino de por medio, cuando trabajaba en la Esquina Carlos Gardel con su orquesta “El Desquite”, año 2002, creo. Le envidio todo: la destreza, la vida gitana, nómade, la profesionalidad y lo volátil que es a la vez (pasan fácil 3 años sin verlo, porque se sube sin preaviso a un crucero y yira eternidades –en las que quedo huérfano– por el Caribe o el Mar Báltico. Después se sube a un avión con el “Sexteto Mayor”.

Pero cuando “vuelve” a los 5 minutos estamos retomando las inquietudes, porque siguen siendo las mismas: dejar alguna impronta que nos resuma y acapare. Me enorgullece que semejante bestia me pida “material”. Después, escuchar una letra propia interpretada por otros siempre es tocar el cielo con las manos a pleno. No hace gran diferencia si es “Rascasuelos” o (ojalá) el cantor de piernas amputadas en la peatonal del Microcentro o la “Orquesta Atípica Rubí” en un centro cultural de Villa Piñeral. No hay mayor satisfacción a la que alguien con alguna pretensión de letrista pueda aspirar. Los temas son hijos, que –si se difunden– es porque aprendieron a caminar por medios propios. Ver que ya no son títeres de uno, indefensos, concebidos en soledad. ¡Verlos hacer su vida! ¿Qué más pedir?

Frank Schmitt en el Bar El Orden (Septiembre 2014) II Festival de Tango de Flores

Hablame un poco del vals creado a partir de la experiencia en Plaza Flores.

“Plaza Flores” fue un shock. Ser testigo de una situación evidente de prostitución infantil y no intervenir. Ser espectador, neutro, anulado. Fui a cubrir como camarógrafo la muerte de alguien que se ganaba el pan lustrando botas en las veredas de la Plaza Flores. Víctima de un tiroteo entre chorros y policías o chorros y chorros o policías y policías. Nunca se sabrá.

Cuando la científica se retira queda su cajón de madera con betún y cepillos contra la persiana metálica de algún negocio. Queda el delta de su sangre que desemboca en el cordón. Nada de eso quedó en el vals. En la letra quedaron las chicas y las personas que lentamente volvieron a poblar la plaza, el aire primaveral, un olor dulzón, la noche amiga. La vida que sigue como si nada hubiera pasado. Las chicas se arrimaban a los móviles de los noticieros. Coqueteaban hasta que una madama las sacó cagando, que vayan a trabajar. Chicas de 14, 15, 16 a lo sumo 17 años, juro. Lindas, de atuendos chillones. Del interior o paraguayas o bolivianas o peruanas. Todas con acentos suaves, melosos, arrastrados. Ninguna porteña nata. Los clientes que se arrimaban (no vi más de cinco) sí: porteños, blancos, algún gordo, otro desprolijo, otro bien empilchado, cuarentones, cincuentones. Miré las situaciones como a través de la cámara, sin involucrarme, sin sentimiento, me apagué. Ningún escándalo, ninguna denuncia. Así es “Plaza Flores”: a ella sola el vals la evoca a tomar partido (“si vieras las chicas que se pierden perfumando la vereda”; “¿no ves aquella que se arregla el top y la pollera?”).

La plaza como responsable o principal testigo. Porque el otro testigo, “el muchacho chocolatinero” que grita “chicles golosinas, caramelos” no logra confesarle su amor a la muchacha, ni pedirle que no se vaya con el viejo verde hijo de remil putas. No irrumpe. La única voz directa, audible, eficaz sigue siendo la de ese porteño, que viene a ser el eslabón necesario para consumir la corrupción cuando dice pícaro: “¿Cuánto valen tus favores, jovencita?”. Mientras tanto el vals, la melodía de Fulvio, evoca vueltas de carrusel, tiene algo de canción infantil, es llevadera como una bossa nova, choca todo el tiempo con la letra que está en las antípodas. La “brisa leve de colores primavera” termina en una foto “blanquinegra”, documentalista. Un retrato de la situación, sin que alguien interfiera o siquiera tome partido. “Plaza Flores” es una denuncia sin denunciante. Nadie le echa la culpa a nadie. Sólo hay un afán de documentar. Como respondiendo a tu pregunta por “Muchacha en Guerra”, no importa si estoy o no estoy. Importa lo que se describe. Conmovéte vos. Yo, en todo caso, ya me fui.

Estás a metros de sacar disco propio en el que además de escribir las letras, también componés y cantás, ¿es así? ¿cómo se va a llamar y con qué nos podemos encontrar?

¿Lo charlamos bien cuando salga en no más de dos o tres meses, por fa? ¿Vas a invitarme otra vez, no? El disco se va a llamar “Tarumbera”, producido por la “Compañía Tarumbera”. Es sobre todo candombe, milongón, milonga, vals. También hay chamamé y rasguido doble y un tango para el Negro Rada. Todos arreglos, músicas, instrumentos, coros de Juan Manuel Patarca e invitados de lujo como Gabriel Redin, Emiliano Álvarez, Javier Romero… Te la dejo picando…

Por último, te llevo a un juego -imaginemos que es posible-: ¿quién carajo es Frank Schmitt?

Frank Schmitt en primer lugar es un nombre y apellido bien promedio alemán que lleva diez consonantes y dos pobres vocales acogotadas en el medio. La vocal es el único sustento del cantor para largar aire, hacer vibrar las cuerdas y desarrollar una melodía. ¿Vos te imaginás lo que es ser letrista en Alemania? Admiro a Tucholsky, Brecht, Kästner, Degenhardt, Biermann y a todos los que a pesar de tener un idioma tan poco musical, tan duro como lo es el alemán, lograron hacer letras maravillosas y hasta cantables. Lo mío en comparación, al escribir en castellano, es una papa. Tengo todo a favor: el idioma, los paisajes, la gente, su idiosincrasia, los conflictos, los géneros, el ejemplo y el modelo de los grandes letristas argentinos. Tengo que seguir aprendiendo, eso es todo, nada más.

 

Fallo de la pelea

Como amague de reflexión digo que esta nota a Frank Schmitt pretende ser una aproximación, un intento de dar cuenta que es posible crear con lenguaje genuino y sin perder de vista la belleza artística, buenos tangos, buenas milongas, buenos candombes, buenos valses, etc. Y acá suelto una pregunta dirigida exclusivamente a los letristas nacidos en el oficio a partir de la última década y media: ¿No creen que por el solo hecho de querer atestiguar la época con crudeza y ciertas veces con falso discurso de ruptura nos estamos perdiendo por ejemplo: la hermosa travesía de una rima interna, la emboscada de una metáfora, el armado de una sinestesia, el existencialismo del Ubi Sunt? Por eso queridos letristas, no le tengamos miedo a las herramientas literarias, la belleza no está en la eliminación de la metáfora. No huyamos de la formación cultural, “la información de último momento no resiste”, quiero decir, haber escuchado la discografía completa de Spinetta, Charly García o Los Redonditos de Ricota, no nos alcanza. Están también los Discépolo, los Cátulo Castillo, los Expósito, los Manzi, los Vallejo, el mejor de los Neruda, Juan L Ortiz, Borges, Yupanqui, Urondo, Miguel Hernández, Mandrini, Brassens, Sabina, Chico Buarque, Zitarrosa, la literatura oriental, los surrealistas, Onetti, Arlt y si es necesario podemos seguir noventa y nueve días más, nombrando poetas y más poetas. Porque, para crear un lenguaje de supuesta ruptura, hay que haber ganado noches enteras de lectura desaforada, hay que haber jugado un poco a la retórica. Pero paradójicamente con esto sólo no alcanza, es decir, uno puede dominar las leyes de la cancionística, frente al libro de poemas quemarse las pestañas y al final del camino encontrarse con la carencia de “esa otra cosa” que ni el más ávido de los poetas pudo explicar. Lorca tal vez se arrimó un poco, la llamó “el duende”.
En fin, si en nuestras letras no asoma el duende –aunque más no sea en un giro–, queridos compañeros y compañeras, somos letristas muertos, y de una vez por todas asumamos que al destinatario de la canción (llamémoslo, pueblo), no se lo engaña fácilmente; y si quieren vamos todavía un poco más lejos: “si el castillo de la canción no está bien construido, se nos cae solo, ni viento hace falta”.
Por la poesía y por ustedes, puño en alto; y hasta el próximo combate.

 

Pedazos de vos (tango)

(Giraudo/Schmitt)

Pedazos de vos,
lindos pedazos de vos,
los dos gajos de tus labios revoleados por la pieza,
y tus besos estrellados contra el techo y hechos trizas
y tu risa que decanta por el aire alrededor,
con tus sílabas cortadas,
…rompiendo en carcajadas;
¡Y aun así insistís seguir hablándome de amor!
¿Y yo por qué sólo sé
romper lo que más quiero?
Pregunto ¿por qué sólo sé
romper lo que más quiero?
¿decime por qué sólo puedo
romper lo que más quiero?
Pedazos de vos,
tantos pedazos de vos,
tantas fotos, cartas, ropa hecha jirón y rebanada,
vos, mi hermosa musa, carne de cañón desperdigada,
serpentinas y pelusas, mil migajas de emoción
y una chispa de tus ojos,
…flotando entre despojos,
mi amasijo de entrepierna, luz y convulsión.
¿Y yo por qué sólo sé
romper lo que más quiero?
Pregunto ¿por qué sólo sé
romper lo que más quiero?
¿decime por qué sólo puedo
romper lo que más quiero?
Pedazos de vos,
sólo pedazos de vos,
pantallazos de tus ojos, tinta china en mi retina,
un abrazo mutilado que no llega ni a la esquina.
¿de qué sirve que le ruegue, que le grite al colchón?
Si todo lo que queda son
pedazos de vos… retazos…
sólo polvo y cotillón.

 

Plaza Flores (vals)

(Giraudo/Schmitt)

Plaza Flores, brisa leve de colores, primavera.
¡Si vieras!…Tus chicas que se pierden
perfumando la vereda.
Plaza Flores, una risa entre rumores, pasajera,
ligera. ¿No ves la niña que se arregla
el top y la pollera?
Y aquel muchacho chocolatinero
que pregona: “¡Chicles, golosinas, caramelos!”
¡Como quisiera decir que la ama hasta el cielo! y
gritar: “¡Te quiero, vida mía, mi bombón,
no te vayas con él!”
Y aquel muchacho chocolatinero
la ve pasar y ve
como, tras tu velo, verde velo,
ella se pierde, Plaza Flores,
todo se pierde en un mal sueño
sin colores, blanquinegra Plaza Flores.
Plaza Flores, “¿cuánto valen tus favores, jovencita?”,
Se excita un hombre que la toca… y lo que
toca se marchita.
Plaza Flores, carrusel de los amores billetera.
¡Si vieras!…Tus chicas que se pierden
perfumando la vereda.
Y aquel muchacho chocolatinero…

 

Muchacha en Guerra (milonga)

(Giraudo/Schmitt)

Desde el galpón calcinado me gatillabas
tu risa fácil de frío labio azul,
azul rezagado de un tinto en tu boca morada,
azul por besar tanto cielo y no entrar en calor,
muchacha en guerra, muchacha en guerra.
“Miráme papito”, decías casi desnuda,
“mis cicatrices son condecoración”.
Decías ser dueña de todos los perros sin luna;
decías, también, ser la dueña de mi corazón,
muchacha en guerra, muchacha en guerra.
Esta es tu pampa de bloques, tu cielo abierto;
con ésta campera de tachas me abrazarás.
Ríe, que quiero que rías, que aún sigo despierto.
Ríe tus salvas de risa, a ver si me matás,
muchacha en guerra, muchacha en guerra.
Ven con tu piel encallecida, muda tibia.
Ven si la guerra es tu vida, si es tu destino.
Ven que te beso los ojos, las manos y el ombligo
para después lavar tus pies,
lavar tus pies,
lavar tus pies,
tus pies…

 

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