Por Serafino Pastrena

 

A Mariano González Calo lo apodaban Chillo. “El Chillo Calo”

Lo conocí el 23 de Mayo de 1992 cuando caminando por la calle Florida me topé con un niño solitario haciendo música entre el clásico tumulto, los bocinazos próximos, y el garabateado palabrerío de mil turistas que por allí paseaban. Recuerdo haberlo visto sentado en un frágil banquito intentando hacer sonar una rudimentaria especie de bandoneón. Digo Bandoneón por dar una imagen cercana de aquello que Calo soltaba entre sus manos en aquel momento; una bolsa de residuo que enlazaba a dos latas vacías de durazno y un par de cordones que actuaban como sostén conformaban todas las partes de aquel novedoso artefacto musical. Me intrigó tanto el “cómo lo podía hacer sonar” que terminé entregándole la totalidad de mis sentires auditivos. El pibe tenía estilo, se esforzaba en lograr escalas interesantes, generaba misteriosas cadencias pero todo siempre prestándose a una única nota: fa sostenido.

Me distancié de aquel “yo laburante” (aquel día previamente a encontrarme con Calo sólo pensaba en llegar lo antes posible a la oficina) y me enmudecí de palabras y tiempo ante su versión de la “La ultima curda” (en fa sostenido). Fue impecable, sensacional. Puedo discutirle a cualquiera que aquella versión de Calo, no solo fue, sino que también es y será la mejor de todos los tiempos. Puedo discutirlo y aseverarlo; he recopilado durante mis jóvenes años todo disco que tuviese entre sus tracks dicha bella melodía arreglada para bandoneón pero ninguna de esas tantas interpretaciones logró estremecerme tanto como la de aquel niño. Ese marcatíssimo y aquel riesgo armónico constante, concordaban con su alma de purrete hecha durante 3 minutos y medio de ginebras vacías, de corner sin esquinas, de empedrados infinitos.

Dejo en mí su esencia. Al dar por finalizada su ejecución musical me acerqué a conversar con él. Acomodé mis lentes y acentué en mis ojos su figura; vi su rostro sucio, sus manos gastadas, su gorrita multicolor con la visera en la nuca. Tenía una mirada chispeante, una sonrisa picarona como si constantemente estuviese a punto de rematar un chiste.

– ¿Quiere que toque otra? Me dijo.
– Sos un fenómeno pibe. ¿Cómo te llamas?
– Me dicen el Chillo. ¿Pero quiere que toque otra o no?
– No.

Murmuró barbaridades sobre mi longevidad y mi incontinencia fecal y se esfumo entre los transeúntes. Así fue que me quedé sin aquella charla pero al menos logré llegar temprano a la oficina. Al día siguiente estaba decidido a volver a encontrarme con aquel joven bandoneonista. Quería oírlo nuevamente, necesitaba hacerlo. No tuve esa suerte. Pase días y días caminando por la famosa peatonal desde Av. Rivadavia hasta Plaza San Martin sin divisar a aquel mocoso. Le pregunté a los comerciantes de la zona si sabían de su paradero, algunos pocos no lo habían sentido nombrar y otros muchos desconocían de sus virtudes musicales pero lo marcaban como un trapito al que de vez en cuando le surgían problemas con la policía. Un lustrador de botas se presentó orgulloso como el maestro del pibe que tocaba el bandoneón en esa calle. Me comentó que el muchacho no tenía los recursos necesarios como para comprarse el instrumento y que tuvo que fabricarse uno con lo que encontró a mano. No pudo darme demasiada información ante mi necesidad por encontrarlo; el hombre llevaba unos cuantos días sin saber nada de él. Esos fueron todos los datos que obtuve de mis largas caminatas durante aquel otoño Menemista. Chillo fue uno de los pocos músicos al que, con el paso del tiempo, desistí de volver a encontrármelo.

Hace unos pocos años, golpeó a mi puerta una querida amiga e investigadora del género tanguero a la que les presento en este relato y a la que seguiré nombrando en otros:

Margarita Liliana Judith Claude Mechilo. “Margarita”, para los conocidos, es una bella mujer que esconde otros métodos distintos a los míos a la hora de obtener información, discografía, partituras o simplemente derechos de autor de algún que otro compositor dormido. Es que, a pesar de sus años, ella mantiene una figura esbelta y una voz cautivante, casi sensual. En mi largo y nunca apacible entender, creo que bien podría haber sido locutora de algún programa radial de trasnoche pero su adicción al tabaco le negó esa posibilidad provocándole quemaduras severas en sus cuerdas vocales. En su vasta trayectoria ha intimado con varios próceres tangueros, con alguna que otra joven promesa y con músicos que han quedado en la segunda división tangueril.  Durante aquella visita y en una de sus tantas confesiones, Margarita menciona que ha pasado por su lecho un muy varonil muchacho al que le decían Chillo. Recordé de inmediato aquel apodo. Entre preguntas, logro sacarle la información que necesitaba.

González Calo era su apellido, Mariano su nombre. Cuenta mi querida amiga que, luego de aquel episodio en que me lo encontré por Florida, el joven Calo ha mejorado su instrumento haciéndole agujeritos a aquellas latas de durazno y colocándole filtros de cigarrillos en lugar de las clásicas teclas del fuelle. Cambió la bolsa de residuos por un cartón ondulado y continuo haciendo sonar aquel marcatíssimo con el que en su momento me había sorprendido.

En el 97 armó su primer orquesta típica llamada “ La Fa sostenido tango”. El éxito duromuy poco con aquella formación ya que los músicos que lo acompañaban llegaban luego de que Calo terminara sus presentaciones. Así y con todo, al menos pudo juntar un importante número de seguidores. Con respecto a su vida personal, logró conformar una hermosa familia. El problema fue que nunca pudo resistirse ante aquella vida de trapos, calles y malos tragos que mantuvo durante sus primeros años de vida. Sin tocar el timbre, abandonó a su mujer e hijos y continuó delinquiendo por distintas zonas del Gran Buenos Aires.

Un buen día ganó el prode. Con una pequeña pero importante suma, pudo darle un giro a sus días de malviviente y obtuvo con eso su primer bandoneón auténtico. Supongo que simplemente le afanó la cartera a un turista acaudalado y así consiguió el dinero para comprar aquel instrumento. De cualquier forma, no quise discutir sobre la suerte de Calo con Margarita.

Comenzó a dar clases a domicilio y ya con una economía estable pudo alejarse definitivamente del mundo del hampa. En el comienzo de este milenio, conoce al pianista Julián Peralta (por aquel entonces, arreglador de la Orquesta Típica Fernández Fierro). Los presenta Margarita en su casa de Recoleta. Compartieron el té y el budín de mi querida amiga y luego se fueron charlando sobre pentatónicas, pitonisas y puertas pentágono.

Calo pasa a ser uno de los bandoneonistas de  la O.T. F.F. Lamentablemente, esa felicidad duró lo que dura un mes.

Luego junto a Peralta, también retirado de dicha orquesta, consiguen trabajar como músicos durante 1 año en un crucero. Conocen puertos, bares y fondas. También de distintas bodegas y damas de compañía. A su regreso crean con otros colegas el grupo Astillero.

Margarita me cuenta que no obtuvo partituras de Calo pero que sí consiguió, a través de sus encantos naturales, que el joven talento le dedicase una bella milonga. Puso un disco en su minicomponente y le dio play. Oí  esa hermosa canción. Con su “Cinco Nombres” en mis oídos decidí nuevamente ir tras sus pasos.

Lo encontré en el teatro Orlando Goñi, tocando con su quinteto pasadas las 00:00 hs. de un día miércoles. El público allí presente, al finalizar la función, lo levantó llevándolo en andas desde el teatro hasta la calle Florida, sitio donde había nacido la leyenda.

Ni en el Goñi ni en Florida, Calo ya no era Chillo. Aunque se le parecía bastante.

 

Serafino Pastrena.

 

Próximamente:
Capítulo 2
Los misteriosos hermanos Capriatti y la cossa nostra:
introducción de un dúo llamado Púa Abajo.

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